jueves, 29 de abril de 2010

El racismo hecho ley


Tiene 47 años, el cabello lleno de canas y los ojos de tristeza. El solo escuchar como su voz se entrecorta cada que trata de responder las preguntas de la reportera, les juro que me hace sentir un nudo en la garganta.

Trae 6 dólares consigo. La que lo entrevista no le cree hasta que él saca su cartera y se lo demuestra. Acaba de pagar el alquiler que debía y se quedó con menos de lo que se gana normalmente por hora.
Su familia está lejos, pero sus sueños están aún más. Se llama Raúl Chávez, vive en Phoenix, Arizona y a partir de ahora es un criminal. Su delito: cruzar una frontera política buscando llevarle alimento a su familia. No es asesino, no es secuestrador, no es ratero ni violador, pero será perseguido como si lo fuera. “No entiendo qué daño les podemos hacer. Solo venimos a trabajar” dice Raúl al micrófono, con toda la razón de su parte. No pide lujos, no pide regalos, solo pide trabajo y eso, desde el 20 de abril, se pena con cárcel.

Con la aprobación de la Ley SB1070 en Arizona, Raúl y otros 600 mil mexicanos, aproximadamente, serán tratados como delincuentes hasta que prueben lo contrario.

El racismo hecho ley, en la SB1070, establece que los inmigrantes ilegales son criminales con castigos desde 4 años en prisión, mientras que los legales deben cargar en todo momento los documentos que comprueben su estancia legal en Estados Unidos, y además faculta a policías para interrogar e identificar el estatus migratorio de quienes resulten “sospechosos”.

Para efectos prácticos debemos sustituir la palabra “sospechosos” por “morenos” (como será el caso) y lo que tendremos es un estado policía que hostigará a 29% de sus ciudadanos, los de ascendencia mexicana. En la realidad no es una ley antimigrantes, es una ley antilatinos, antimexicanos, porque honestamente no creo que le pidan sus papeles a los migrantes alemanes, holandeses o suecos porque cada güero resultaría “sospechoso”, entonces.

Todo esto en el mejor de los supuestos, donde lo peor que sucederá es que nuestros mexicanos allá van a tener que enseñar sus papeles una y otra vez, pero no es así. Las implicaciones de esta ley van más allá. Obliga a los patrones a verificar si sus empleados están autorizados a trabajar de manera legal en EU mediante un sistema electrónico llamado Verify al cual deben afiliarse, y por supuesto, impone sanciones, incluso más fuertes que las contempladas por el gobierno federal, a quienes contraten en forma consciente a inmigrantes indocumentados, al amenazar con cerrar los negocios y empresas de los que lo hagan. También convierte en delincuente al que albergue a un indocumentado o al que lleve uno en su carro.

Hablando claramente, cualquiera que tenga alguna muestra de humanismo con un indocumentado puede ser castigado también. A alguien se le ocurrió que los mexicanos y los latinos no tienen derecho a la salud, a caminar por la calle, a conseguir un trabajo honrado, a acercarse a los residentes pues el resultado sería que peor que animales serían rechazados, hasta por seguridad y con justificaciones legales. Como si no bastara con el rechazo natural que muchos de nuestros connacionales reciben allá, ahora, motivado por la legislación, serán víctimas de los tratos más inhumanos y denigrantes.

Pasé muchos días tratando de entender a las personas que promovieron esta ley. Traté de ponerme en sus zapatos y pensar como “gringo culero” y entendí algo de lo que están haciendo, pero aún así hay una parte que no logro comprender. La parte en donde se les olvidó que, sin importar su nacionalidad o color, son seres humanos. La parte donde duermen tranquilos sabiendo que gracias a su reforma hay personas lastimadas, con ganas de llorar, con dificultades para seguir viviendo o incluso con deseos de no seguir haciéndolo.

Ya me han dicho que es una cuestión política, pues la Gobernadora de Arizona, Jane Brewer, tiene aspiraciones de reelegirse y necesita mandar un mensaje a los militantes del partido republicano y a toda la población que no quiere a los migrantes, pero ¡carajo! Ni las ambiciones personales, ni las partidistas, vaya pues, ni la política, ni la economía está por encima de las personas.

Y saben que es lo más irónico, pero también lo que más me ha enseñado, que cuando la reportera le pregunta a Raúl, con miras en obtener insultos y ofensas, sobre qué le diría a los que aprobaron esta ley, él contesto con simplicidad: “Que nunca fue mi intención dañar a nadie. Que me gustaría estar en otra situación, donde yo estuviera en mi país, con mi familia y que ellos fueran los que estuvieran ahí, pidiendo trabajo y consideración, para entonces yo ofrecerles mi casa y vieran que no somos tan malos”.

NO A LA SB1070 PORQUE ES RACISTA, VIOLATORIA E INHUMANA!

Alejandro Hermosillo, jueves 29 de abril de 2010

sábado, 20 de febrero de 2010

Tal vez...


Sabina se está encargando de la música del momento. Ya me llevó desde “Amor se llama el juego”, pasó por “Peor para el sol” y en estos momentos toca “Contigo”. Más allá se escucha la respiración de mi hermano dormido. Ese cuasi ronquido que a algunos incomodaría, pero que a mi tantas veces me ha hecho creer.

Algo me hace sentir que todo está conspirando para evidenciar que lo único que tengo claro en este instante es la confusión. De hecho ya no sé si pueda llamarla así. A estas alturas, y después de una vida en suma difusa, me pongo a pensar qué es lo verdaderamente distorsionado, si la incertidumbre o la claridad. Al parecer, las ocasiones en las que me he sentido más seguro de lo que pasa son las veces que he estado más confundido en realidad. Tal vez la confusión sea un estado constante y no una etapa y en los momentos en que menos sabemos cosas con certeza es cuando nos sentimos más despejados. Tal vez soy necio en pensar que mis preguntas tendrán respuesta. Tal vez lo más a lo que puedo aspirar es a tener bien definidas esas preguntas y tener claridad no en la respuesta, sino en que la ausencia de ella me acompañará por siempre. Tal vez aceptando esto, dejaría de pasarme las manos por el rostro, quitaría mi cara de angustia, tendría menos problemas estomacales y podría dormirme ya, a las 4:07 am.

Lo que en verdad me jode es que también siempre está presente el "tal vez no".


Alejandro H. 20 de febrero de 2010, 4:10 am

jueves, 24 de diciembre de 2009

Esperanza navideña


Hoy estuve en uno de los centro comerciales más importantes de la ciudad. Lo que parecía ser un día normal, donde mis hermanos y yo compraríamos algunos regalos para compartir, se convirtió en un día lleno de reflexiones. Quizás sea por el día en el que me encuentro, en la antesala de la navidad, pero mientras veía lo que veía y pensaba lo que pensaba, solo quería compartirlo con ustedes.

Y aquí estoy. Escribiendo públicamente después de tanto tiempo, que hasta podría confundir las letras y disparatar frases como nunca antes, o tal vez como siempre antes, pero finalmente tratando de ordenar mis ideas para lograr lo que un día me pareció era lo hermoso de la literatura: hacer sentir a los que me leen, lo que yo siento al pensarlo.

Hoy, mientras recorría dicho centro comercial, y mientras simultáneamente miles de letreros, frases, imágenes, y hasta sonidos bombardeaban mi mente, me puse a pensar en el sentido de la Navidad.

Dicen que en estas épocas navideñas los índices de suicidios aumentan. Al parecer hay gente que desespera al ver tanta carga de mensajes comerciales-navideños que invitan al consumo por medio de falsos ideales. Mucha gente en estas fechas al ver en los comerciales a la familia perfecta y unida, los amigos inseparables o la novia escultural y amorosa, se entristece al darse cuenta que en su realidad tales figuras están por demás alejadas de lo que estos anuncian. Y de alguna forma quizás influenciados por el frío, quizás por el ocio, pero terminan más afligidos que antes. Es entonces cuando la Navidad, incluso, podría parecer nociva para muchos y esto tiene relación con algo que escuché el otro día. Alguien decía que independientemente del sentido metafísico de la Navidad, del nacimiento del hijo de Dios y de lo que esto trajo a la tierra, estas épocas eran para ser felices y mejorar en lo que podamos. Y así se ha ido por el mundo difundiendo esta idea de que la Navidad, o “las fiestas”, como ya muchos llaman a la época, es tiempo de alegría y cambio. Desde luego que lo es, pienso yo. Pero cuando el significado de la Navidad se centra en ese, entonces yo también odio la Navidad y también me deprime. En un tiempo como en el que estamos, las razones para estar alegre son cada vez menos. Entre la crisis económica, la crisis de valores, los impuestos, aumentos y demás, es un tiempo para estar preocupados. Luego entonces, estar alegre sería hipócrita, falso y mentiroso. La cena, los regalos, los abrazos y frases, no serían más que un engaño y un insulto a la realidad. Finalmente, terminando las vacaciones, las preocupaciones regresaran, la sonrisa se cambiara por ceño fruncido y la alegría se desvanecerá. Y claro, es bueno pensar en cosas que podamos cambiar para mejor. Tal vez pensar en bajar unos kilos, tratar de estar más tiempo con mi familia o ser mejor en el trabajo, pero si nuestra navidad tuvo sentido por esto, pronto nos daremos cuenta que abandonamos el gimnasio, el tiempo sigue siendo insuficiente para la familia y en el trabajo las cosas se ponen cada vez más complicadas. Y esto en el mejor de los casos, si no, nos daremos cuenta que ni mejorar el cuerpo, estar más con la familia, ni mejorar en el trabajo nos hará felices.

Fue entonces, hermanos, cuando mientras circulaba por la plaza, me di cuenta de que el problema no es de la época navideña en sí, si no del sentido que le hemos dado. Para amar la Navidad, para disfrutarla, para celebrar, necesitamos entenderla. El centro de la Navidad no son los regalos, ni los buenos deseos, ni los abrazos… ni siquiera la familia unida. El centro de la Navidad es conmemorar que el Verbo se hizo carne. Jesús nació y con Él, viene la paz, el amor, la esperanza a nuestras vidas. No importa si en el trabajo nos está yendo mal, si la escuela se complica, si la panza crece o si la familia tiene sus problemas. Siempre y cuando tengamos la esperanza cristiana, siempre habrá mañana. Y muy probablemente esos problemas no se solucionen, pero sí tendremos una forma distinta de abordarlos, con amor. Es entonces cuando el abrazo al familiar, el regalo al amigo, la cena en familia, el propósito de hacer ejercicio, se convierte en legítimo y perdura, porque no es un elemento forzosamente cumplido, sino una consecuencia de la renovación de nuestro corazón y por añadidura de nuestra estructura mental.
Es por ello que en esta Navidad mi principal deseo para todos es que renovemos la esperanza. Que esa esperanza nos lleve a tener propósitos, claro, pero que entendamos que no pasa nada si no los cumplimos todos, porque sigue habiendo otra oportunidad. Hoy, justo el día de hoy comienza todo. Tengo la convicción de que desde su nacimiento hasta su muerte en cruz, Cristo no tuvo en mente otra cosa que nuestra felicidad plena. El día de hoy Cristo quiere nacer en nosotros, aceptándolo nuestra vida adquiere un nuevo sentido y deja de ser sangre circulando y órganos funcionando, para convertirse en VIDA, con mayúsculas y toda la extensión de la palabra. Es así como logramos decir un sincero y de corazón: ¡FELIZ NAVIDAD!



Alejandro Hermosillo, 24 de diciembre de 2009.