Qué cabrón es el Enter. Un botón con tanto poder. Escribes
unas dudosas líneas y no tienes que hacer el antiguo recorrido a la oficina de
correo postal, que te permitía de una u otra forma repensar varias veces lo que
estabas a punto de hacer. No es, ni siquiera, la espera de tres timbridos en la
línea de teléfono, para reconstruir el discurso. Es un sensible click que más
que Enter bien podría llamarse “Chingue a su madre”.
miércoles, 3 de mayo de 2017
domingo, 16 de abril de 2017
I am not my mind
Esto comenzó como un “me voy a sentar un rato a trabajar”.
Tenía muchas cosas pendientes para esta semana y la idea de trabajar por la
noche me resultaba atractiva. Empecé a planear el trabajo. Suelo hacer eso,
enumero todas mis ideas a desarrollar y cada una de mis tareas y las voy despachando.
Conforme el pendiente queda listo, lo sombreo en verde. No saben qué estética
se ve la imagen de la lista de tareas llena de luminosos verdes. Pero hoy tendrán
que quedar en amarillo. Total, ¿qué son los planes, sino límites que nos
ponemos? Mañana me despierto 1 hora más temprano y listo.
Así es como hoy empecé a pensar, a sentir, a escribir.
Dejando atrás lo inmediato, para reflexionar sobre lo que me supera.
Me cuesta trabajo pensar que en tan poco tiempo, mi percepción
de la vida ha cambiado tanto. Hasta hace unos meses, la visión era
extremadamente borrosa, debo confesarlo. Irónicamente, aunque no veía nada
claro, no me cuestionaba lo poco que veía. Era como ir en carretera, con el
vidrio totalmente empañado, pero sin detenerse a querer limpiarlo. Es más, era
ir en ese vehículo y al ver el vidrio tan imposible, decidir de ahí en
adelante, era mejor cerrar los ojos. “Total, si no voy a ver nada, pues que no
sea nada, nada”. Extraño, pero tomaba lo que me sucedía como dado sin detenerme
a preguntar por qué estaba ahí. Difícil admitirlo, pues si algo reconozco que
ha permanecido conmigo durante toda mi vida, desde niño, es la curiosidad por
querer saber más de todo. Quizás quería saber de todo, de todo excepto de mi.
Y mientras yo seguía con mis ojos cerrados fuerte fuerte (ya
saben, hasta arrugando la frente con tal de cerrarlos más fuerte) empezaron a
llegar momentos, personas, libros e inexplicables inspiraciones que marcaron mi
proceso de transformación. Fueron piezas precisas, que no pudieron haber sido
puestas en un orden distinto, que no hubieran funcionado si no hubieran
sucedido tal y como sucedieron. No llegaron ni un segundo antes ni un segundo
después. Debo confesar que saberme parte de un plan tan perfecto me asustó.
¿Por qué llegó esa pregunta a mis oídos? ¿Por qué aquel libro fue puesto en mis
manos? ¿Por qué, justo cuando lo necesitaba, se me confrontó de esa forma? ¿Por
qué llegó la desilusión, la inspiración, la ansiedad, la tranquilidad, la paz…
justo cuando debía llegar? Esto me desarmó, debo decirlo, me tumbó. Yo que
tanto me preocupaba por tratar de planear lo que venía, tratar de anticiparme,
tratar de calcular con el mayor intento de precisión posible el futuro, me
estaba dando cuenta que todo eso valía para pura madre. Nada de esto fue
esperado, nada fue proyectado y estaba pasando de la única y más perfecta forma
posible. ¿De qué me podía servir una mente obsesiva si de todas formas lo que
ocurría me superaba por mucho?
Es aquí donde quiero detenerme un poco para hablar de la
mente. O como me gusta llamarle: la puta mente (nomás, pa que sepa que no me
cae tan bien). Soy intenso, para bien y para mal, soy romántico y mi maquinaria
mental nunca para. Una idea puede dar mil vueltas en mi cabeza, puedo
visualizar con mucha precisión todos los escenarios que esa idea traería en
consecuencia y me preparo para cada uno de ellos, sobre todo para el peor. No
sé qué carajos pasó en mi vida que hizo que me cueste tanto ilusionarme. Mucho
tiempo pensé que pensar mucho era una cualidad. Quizás por eso, no se me
ocurría explorar la posibilidad de detenerla. En muchas situaciones, pensé que
gracias al uso de ese artefacto, podía sacar ventaja en situaciones
específicas. En escuela, la empresa o hasta momentos personales, volteaba a ver
a mi mente y le decía: “bien jugado”. Pensaba (tonto, lo sé) que yo era mi
mente. Entre más engrasara la maquinaria mental, entre más la ejercitara, mejor
persona sería, mejor me iría. Esa “identificación con la mente” me hizo creer
de más en ella, pues ya no solo le confiaba cuestiones intelectuales, sino que
también le entregaba lo trascendente. El espíritu, la vida, el amor… todo lo
analizaba con la mente (claro, pensaba que era la mejor parte de mi). Muchas
cosas debieron suceder para que lograra ser consciente de esto. Tiene lógica,
tenía que llegar algo más fuerte que la propia mente para que pudiera darme
cuenta. Y llegó.
Hoy, después de mucho tiempo de titubeo, rechazo a mi mente.
Le regalo la oportunidad de tomar decisiones en el presente, de problemas que
están en frente, pero le prohíbo que siga pensando escenarios futuros y, sobre
todo, reviviendo momentos del pasado. Mi mente es un gran jugador de futbol.
Quizás el más talentosos de los elementos del equipo, pero no el único ni el
que tiene la última decisión. Soy mucho más que ella y tengo el poder de
decirle cuándo sí y cuando no puede entrar al campo de juego. Soy el
entrenador, el dueño del equipo, el que contrata o despide. Así que te llego el
tiempo, puta mente. O te limitas a la parte que te toca hacer o te vas para
siempre de este lugar. Debes entender que yo no soy tu y, sobre todo, que no
tienes la última palabra. Esa no la tientes tu, ni yo, ni nadie… y justo eso es
lo que hace a la vida una pieza musical hermosa, improvisada, pero perfecta.
lunes, 3 de abril de 2017
Accidente de sábado
Y una vez más, papá, nos diste un gran aprendizaje. Siempre
he creído que tu corazón y tu mente no son de este mundo. Y las vidas así, tan
libres, a veces tienen que topar con la realidad.
Medio dormido y sin saber qué pasaba escuché del otro lado
del teléfono a mi mamá diciendo: “tu papá está bien, pero tuvo un accidente.”.
En ese momento no dimensioné lo que estaba escuchando y le dije un tonto “voy
para allá”, sin recordar que estaba a 500 kilómetros de distancia. Colgué y
empecé a pensar en esa terrible posibilidad, en eso que nunca quiero pensar:
que alguno de ustedes me falte algún día. Por una u otra razón me ha pasado por
la cabeza con cada uno de ustedes y siempre tiemblo. Apenas el viernes escribía
en el avión que no tenía miedo de morir y unas horas después estaba aterrado
ante la posibilidad de que eso le pasara a cualquiera de ustedes. Y sé que no
nos gusta hablar de eso, de la posibilidad de morir, pero estoy convencido que
considerar a la muerte, por lo menos de reojo, es la mejor forma de vivir.
Fue la sensación
horrible. Por las malas, quizás (aunque yo tengo la impresión de que fue por
las muy buenas), pero lo que sucedió el sábado me hizo repensar muchas cosas.
En cuestión de segundos uno está chocando dos copas y después el teléfono sonando
con una mala noticia. Y yo no quiero irme ni que se me vayan sin que sepan que
les amo con todo mi corazón. Que a mis 31 años no hay nada que se acerque,
siquiera un poco, al amor que siento por ustedes. Que me he tardado tanto en
escoger compañera de vida, quizás, porque tengo un equipo que me hace fuerte
(ustedes) y un ejemplo que parece inalcanzable de repetir. Que cada uno tiene
algo que cuando me acerco me hace pensar que estoy frente al mejor ser humano
de esta tierra. Y que estoy seguro que no me equivoco ni exagero, que sí son
las 4 personas más bonitas que Dios puso aquí y que me las puso a mi, en mi
barrio, en mi grupo, en mi hogar.
Nos diste una lección, papá. Nos recordaste que nada está
dado y que lo mejor es vivir agradecido. Aceptaste con humildad lo que pasó y
me mostraste una vez más que tienes el alma más pura que yo he visto. Y de
paso, con la ayuda de la líder de esta familia, mi jefa, nos sensibilizaste a
todos. “Nadie le recrimine nada” nos dijo y nos invitó a pensar en qué hubieras
hecho si nos hubiera pasado a nosotros. Y cuando me imaginé eso, solo te vi
ahí, a mi lado, diciéndome que no me preocupara, que saldríamos de esta como
hemos salido de todas. Y quiero que no te preocupes por nada tu tampoco. Que la
vida nos sigue dando oportunidades para valorar, para agradecer y para estar
cada vez más juntos y unidos. Dinero, esos pedacitos de papel que la gente
tanto nos peleamos, irán y vendrán, pero lo que nos enseñaste tu y mi mamá en
estos días eso nunca nos dejará.
Hay que apresurarnos a levantar la cabeza y dejar atrás el
mal sabor de boca para convertirlo en una mejor forma de disfrutar la fortuna
que es tener esta familia. Sigamos siendo cómplices frente al mundo.
Ayudándonos a tapar nuestros errores y a hacer grandes nuestras virtudes.
Seamos esos mosqueteros que siempre estarán para todos. Y no dejemos de
voltear, de vez en vez, al cielo para guiñar el ojo y decirle al que siempre
nos ve: Gracias por mi familia, gracias por mi hogar, gracias por mi mundo.
lunes, 6 de febrero de 2017
Nosotros.
Idealizaremos el no idealizar.
Violentaremos la violencia.
Le diremos que no a los que siempre dicen que no.
Nosotros, generación inquieta, nos ocuparemos de estimular,
provocar, excitar esas neuronas entumidas por la rutina.
Seremos la emoción de una caída libre en paracaídas, de ver
a un ser querido que no pensábamos ver pronto, de derrotar a los que nunca
habían sido derrotados.
Seremos un torrente de vientos nuevos.
Y al final… despertaremos.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Nuestro lugarcito en el mundo.
Nuestro lugarcito en el mundo.
Tal vez sea políticamente incorrecto emitir una opinión de un tema que divide en dos a la sociedad. Y digo que tal vez así lo sea porque he visto a pocos políticos pronunciarse en una coyuntura que importa. Políticos, algunos, que se asumen progresistas y libertarios (en lo cortito), pero en público siguen jugando al doble discurso. Quizás debiera hacer lo mismo, pensaba. Ser prudente y emitir un comentario de esos del manual del discurso perfecto, que no dijera nada, pero que descargara la culpa de no participar en un tema público. Pero no. El momento que vivimos, que estoy seguro está rompiendo con la historia, no nos pide corrección o prudencia, nos pide solidaridad extrema. Y la solidaridad verdadera, la única que conozco, más que con las creencias, es con las personas. Con todas las personas. Y esa solidaridad a veces necesita que señalemos lo insolidario, que lo denunciemos. Leía un post de Facebook con el que me identifiqué plenamente y que me recordó aquel texto de Elie Wiesel: “Debemos tomar posturas. La neutralidad favorece al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al tormentador, nunca al tormentado. Algunas veces debemos interferir. Cuando vidas humanas están en peligro, cuando la dignidad está en riesgo, las fronteras y las sensibilidades se hacen irrelevantes. Donde sea que hombres y mujeres estén siendo perseguidos por su raza, religión o formas de vivir, ese lugar, por ese momento, se convierte en el centro del universo.”. Y perdón, pero no puedo callarme cuando en mi centro del universo se están fomentando dolorosas agresiones contra familiares, amigos y seres humanos en general. Así que va mi incorrecta e imprudente opinión.
Tal vez sea políticamente incorrecto emitir una opinión de un tema que divide en dos a la sociedad. Y digo que tal vez así lo sea porque he visto a pocos políticos pronunciarse en una coyuntura que importa. Políticos, algunos, que se asumen progresistas y libertarios (en lo cortito), pero en público siguen jugando al doble discurso. Quizás debiera hacer lo mismo, pensaba. Ser prudente y emitir un comentario de esos del manual del discurso perfecto, que no dijera nada, pero que descargara la culpa de no participar en un tema público. Pero no. El momento que vivimos, que estoy seguro está rompiendo con la historia, no nos pide corrección o prudencia, nos pide solidaridad extrema. Y la solidaridad verdadera, la única que conozco, más que con las creencias, es con las personas. Con todas las personas. Y esa solidaridad a veces necesita que señalemos lo insolidario, que lo denunciemos. Leía un post de Facebook con el que me identifiqué plenamente y que me recordó aquel texto de Elie Wiesel: “Debemos tomar posturas. La neutralidad favorece al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al tormentador, nunca al tormentado. Algunas veces debemos interferir. Cuando vidas humanas están en peligro, cuando la dignidad está en riesgo, las fronteras y las sensibilidades se hacen irrelevantes. Donde sea que hombres y mujeres estén siendo perseguidos por su raza, religión o formas de vivir, ese lugar, por ese momento, se convierte en el centro del universo.”. Y perdón, pero no puedo callarme cuando en mi centro del universo se están fomentando dolorosas agresiones contra familiares, amigos y seres humanos en general. Así que va mi incorrecta e imprudente opinión.
Empezaré por mis piensos desde una perspectiva religiosa y espiritual. Y empezaré por ahí porque es donde más me duele. Los organizadores de estos discursos han insistido hasta la médula de vincular la discriminación a homosexuales con un asunto de Dios, y perdón, pero ahí me siento intensamente aludido. Aludido porque soy un profundo creyente de Jesús. Considero sus enseñanzas como el centro de mi vida, pero sobre todo vivo en constante encuentro con Él, pues ahí es donde hallo sentido y paz. Lo he estudiado y lo más importante que he encontrado al hacerlo es que Jesús no quería que se le estudiara. Por eso nunca le habló a los sabios, por eso lo dijo sencillo. Quería que lo viviéramos, que nos encontráramos con Él, no que repitiéramos una y otra vez sus palabras. En ese afán y para evitar complicaciones, nos pidió que nos olvidáramos de todo lo demás y que nos amaramos. Que nos amaramos todos. Homosexuales, heterosexuales, mexicanos, gringos, negros, amarillos y pecadores, que todos nos amaramos sin diferencia. Y simplemente no me hace sentido ver que el discurso detrás de esta marcha utilice el nombre de Jesús para promover justo lo contrario a lo que él pidió. Estoy completamente seguro de que si esta polémica hubiera existido en tiempos de Jesús, hubiera invitado a homosexuales, lesbianas, a los segregados y señalados, a su casa, a la iglesia, los hubiera invitado, defendido y, sobre todo, amado con sinceridad y sin prejuicios.
Ahora, si lo vemos desde una perspectiva social, me vienen nuevas ideas. Supe que un familiar que aprecio mucho participaría en la marcha del año pasado en este mismo tema (y que me da mucho gusto saber que decidió no volver a participar en estas expresiones) y le preguntaba y a qué vas. Es una persona de gran corazón y sabía que me respondería desde el alma. “A defender la familia” me decía. ¿Y cual familia? Pregunté. Te refieres a la hermosa familia de casa de mi abuela, donde viven mi amorosa abue, mi tía, madre soltera (y la mejor madre que he conocido, la más entregada y mejor formadora) y mi primo, quien nació y creció sin la presencia de su padre y bajo el resguardo de este bello modelo de familia y hoy es uno de los adolescentes más centrados y felices que conozco. O vas a defender la familia de aquella amiga de la familia que vive con su novia y que tienen una relación más bonita y respetuosa que todas las que yo he tenido, al grado de que si algún día tengo hijos y yo falto, las elegiría a ellas para que me ayudaran a seguirlos amando cuando yo falte. O la de nuestros tantos tíos divorciados que luchan por sacar adelante a sus familias con mucho amor, o la de nuestros vecinos del barrio de niños, que se quedaron sin padres desde pequeños pero que eso no les impidió formar una de las familias más unidas que he visto. ¿Por cual? ¿Por cual de todas ellas vas a marchar? Porque ninguna de ellas cabe en el modelo que esta marcha propone. Y cada que levantes esa pancarta, debes recordar que le estás haciendo la vida más difícil a todos y todas ellas. Cada que lances un grito en la marcha estás contribuyendo a que otro niño en la escuela se burle de mi primo por no tener a quien llevar al día del padre. Cada que des un paso contra otros modelos de familia, tienes que tener en mente que estás diciéndole a nuestro primo homosexual que, sin saber por qué y sin haber hecho daño alguno, debe cargar con una especie de culpa social por ser malo. Y sí, la familia es lo más importante de la sociedad. No tengo puta idea de que sería de mi vida sin mis padres y hermanos. Pero la forma en que nosotros nos organizamos es decisión nuestra y decidamos lo que decidamos no está bien o mal. Nuestros vecinos se pueden organizar distinto y eso no los hace más o menos familia. Aquella postal de familia perfecta de guapos y güeros padre y madre y 5 blancos chilpayates no refleja la realidad. Incluso ellos tienen sus historias y rarezas, solo que esas no aparecen en la fotografía. Si en verdad queremos defender la familia deberíamos empezar por promover que ninguna está bien, ninguna está mal, pues las familias, como las personas, son únicas y todas valiosas.
Y también quiero decir que no me gusta que los críticos de la marcha califiquen a todos de ignorantes o culeros. Mucha gente va confundida, escandalizada por falsas campañas e imposiciones. Y para no caer en lo mismo debemos evitar generalizaciones. Ni todos los sacerdotes son pederastas, ni todos los católicos ignorantes, ni todos los que estamos contra esta marcha somos inteligentes. La idea básica para salir un poco más unidos es entender que no somos buenos ni malos, solo somos personas tratando de luchar por ser lo mejor posible que podemos ser.
Así que no, no puedo apoyar esta marcha. Estoy completamente en contra de ella. Conozco a algunos que probablemente asistirán y se que en su corazón hay muchas mejores motivaciones que estas. Confrontaré sus ideas siempre que sea necesario porque estoy convencido que, para otros sin criterio, son semillas que germinan en odio y discriminación y yo no me puedo quedar viendo esto. Por un mundo en donde quepamos todos. Por uno en donde todas las familias puedan ser respetadas y, sin importar su configuración, encuentren su pacífico y amoroso lugarcito en el planeta, que esta marcha y todas las expresiones discriminatorias terminen lo más pronto posible.
viernes, 26 de agosto de 2016
Extraña calma
Esta etapa se llama extraña calma. Se siente una cierta
tranquilidad que ya no sé si es indiferencia o ecuanimidad. Es como si
estuviera en medio de un huracán, en el ojo. A salvo, pero con una revolución
ocurriendo a mi alrededor. No se si sea desatención, o al contrario, una
extrema atención. Lo que sí tengo claro es que en esta intensa tormenta,
necesito no perderme. Quiero trazar con mucha claridad las pistas, los trucos,
los recordatorios que me hacen siempre volver a casa. Quiero leer aquello que
me hace vibrar, que me hace humano. Quiero tener inquietud por las películas,
los documentales, por las canciones y todo aquello que le habla al espíritu.
Quiero hacer ejercicio, pero para sentirme vivo, no para alimentar egos de
ningún tipo. Quiero meditar, practicar la respiración, la contemplación. Quiero
tener mi tiempo, en soledad y compartido, pero siempre atento y despierto.
Quiero amar la vida, quiero sentirla y disfrutarla. Sé que el lugar en donde
estoy no es para siempre y que tarde o temprano los vientos me arrastrarán,
pero me gustaría estar listo para que cuando eso suceda, pueda también
disfrutar el vuelo con la misma paz que se siente el aterrizaje.
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