miércoles, 21 de agosto de 2013

Correr desnudo por Chapultepec




¿Estoy loco yo o están locos los demás? Es una pregunta que torturó a Einstein hace mucho tiempo y que hoy me tiene igual de angustiado. No me estoy comparando con Albert, tranquilos. Seguramente, además de él y yo, muchos nos hemos hecho esa pregunta continuamente.

Hoy, 21 de agosto, puedo decir que tengo la respuesta: Estoy bien pinche loco. Y, por si no lo sabían, en los grados de locura, el nivel “bien pinche” es el más alto que existe. Lo dice la ciencia, a mi no me digan.

No sé si para que me lo crean a plenitud y se hagan a la idea de mi enloquecimiento sea necesario que salga desnudo a la calle o empiece a hablar con los animales. Si es así, puedo hacerlo eh, sin problemas. Lo que sea porque de una vez por todas me vean pasar y digan: “Ese wey está loco”. Y cuando el otro pregunte: “¿En serio?” ustedes puedan decir: “Sí, lo vi encuerado corriendo por Chapultepec”. Así ya no quedarán dudas y podré pasearme por ahí con una etiqueta en la frente (implícita, no visible) que diga “Cuidado, hombre con deformaciones mentales”.

Sí, creo que es lo mejor que me pudiera pasar. Júzguenme loco, por favor. El ruido interior y exterior necesita ser callado con un determinante: “¡Basta! Estoy loco.”.

Recuerdo una conversación que tuve hace tiempo con un gran amigo, egresado de Psicología, con maestría y todo el Pedigree que quieran. Aquel día me decía que, de alguna forma, lo que él intentaba hacer cuando tenía un paciente, no era “estabilizar” la mente, sino administrar la locura. “Lo mejor que podemos hacer frente a la vida, es sabernos locos” recuerdo que me dijo.

Y no es el único. Naoko le escribió a Toru algo muy parecido. Naoko es aquella bonita japonesa de 20 años, coprotagonista de Tokio Blues, novela de Haruki Murakami, quien después del suicidio de su novio, se interna en un Sanatorio (Residencia AMI), desde donde escribe esta descripción del lugar donde se encuentra con destinatario el personaje principal (repito, está en un manicomio):

“Me sucede algo extraño, cuando miro a mi alrededor dejo de discernir quién es quién y todos me parecen deformados.

Un día se lo dije a mi medico y me respondió que mi impresión era, en cierto modo, correcta. Me explicó que no estamos aquí para corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas (de los locos) es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas. Y que, al igual que todos los seres humanos, tenemos un modo peculiar de andar, de sentir, de pensar y de ver las cosas, y que, por más que intentemos corregirlas, jamás lo conseguiremos. Al contrario, si intentamos corregirlas a la fuerza, únicamente lograremos que se resientan otros aspectos. No hace falta decir que esto es una simplificación y que sólo recoge una parte de los problemas que tenemos, pero entendí muy bien lo que trataba de decirme. Tal vez somos incapaces de adaptarnos a nuestras deformaciones. Y, por lo tanto, posiblemente no podamos aceptar el dolor y el sufrimiento reales que provocan. Estamos aquí para huir de todo ello. Mientras nos quedemos aquí, no haremos sufrir a los demás ni los demás nos harán sufrir a nosotros. Porque todos nosotros sabemos que "estamos deformados". Esto es lo que nos distingue del mundo exterior. En él mucha gente vive sin ser consciente de sus deformaciones. Pero en este pequeño mundo, la deformación es la premisa. La llevamos en nuestro cuerpo, al igual que los indios llevaban en la cabeza las plumas que indicaban la tribu a la que pertenecían. Vivimos en silencio para no herirnos los unos a los otros.”

Leer ese extracto clarificó muchas cosas en mi vida. La locura más grave es querer ser cuerdo. La cordura más pacífica es saberse locos.

Cuando identificamos a alguien como “loco” dejamos de pelear con él. Entendemos que se salió del molde y que será imposible regresarlo. Lo escuchamos, pero no ponemos tanta atención en la coherencia de sus palabras. “No te preocupes, está loco” decimos. Lo vemos cometer estupideces y hacer cosas que (según nosotros) no haríamos, pero no luchamos contra eso. Para qué, si está loco.

Creo que hacemos lo mismo con nosotros mismos. Si nos asumimos como trastornados, nos permitimos equivocarnos sin escrúpulo. Bajamos nuestra línea de exigencia y empezamos a querernos aún con tanta falla.

Allá ustedes y su eterna lucha por ser cuerdos o perfectos. Allá sus duros juicios con ustedes y con los demás. Nosotros los locos somos seres perdidos, que estamos en este mundo solo para regarla y disfrutar el error mismo. Nosotros los locos sabemos que no debemos apostarle a nuestras fuerzas, ni a nuestra inteligencia, ni a nuestra voluntad, sino simplemente tener fe.

Es por eso que veo en esta declaración de demencia la mejor salida a esa falsa búsqueda de perfección que a veces me agobia. A partir de esto, puedo dedicarme, por fin, a vivir. De la única forma posible que existe: con deformaciones, estupideces, malas decisiones, errores y, sobre todo, locuras, con muchas locuras.



lunes, 12 de agosto de 2013

PROPUESTA: ¡Menos PARQUIMETROS, MÁS SEGURIDAD!




Altavoz es un movimiento que surgió para trabajar con los ciudadanos, para hacer que su voz se escuche. Es por eso que desde nuestro origen nos definimos como una organización ciudadana que más que protesta, hacemos propuesta.

Decidimos hacerlo directamente ahí, en donde los problemas diarios lastiman más, en donde las soluciones son cada vez más necesarias: en las calles, en las colonias, en los espacios públicos, pero también tocando puertas y entrando a las casas.

Hoy más que nunca hemos detectado la sensación de inseguridad que vive la gente. Ya sea en la Zona Centro, en la Zona Minerva, en la Zona de Chapultepec, Santa Tere,  Cruz del Sur,  o en El Alamo y la Zona Industrial, la gente tiene miedo. Miedo de salir a las calles, miedo de que sus hijos jueguen en la cuadra, miedo de ir al centro a hacer las compras y que alguien te arrebate el dinero de la quincena sin que nadie haga nada.

Definitivamente no podemos permanecer estáticos ante esta situación. Hemos escuchado ya la voz de la gente y hoy queremos que el ALTAVOZ que implica la unión social logre que empiece a haber más soluciones y menos discursos de justificación.

Es por eso que nos hemos dado a la tarea de ir más allá de las ya comunes quejas sociales. Claro que necesitamos mayor número de policías recorriendo las calles, claro que necesitamos sanciones más severas contra quienes son detenidos por delitos que atentan contra la seguridad de la gente, claro que le pedimos al alcalde Ramiro Hernández que limpie las estructuras policiacas para que haya menos casos de corrupción y más de protección ciudadana… Pero hoy estamos aquí con una propuesta específica, innovadora y joven de cómo proteger más al ciudadano ante la inseguridad y de paso, cómo hacer más justo y eficiente el cobro de cuotas y multas en los parquímetros municipales.

Todo hemos visto agentes municipales vigilando el pago de los parquímetros en las calles de Guadalajara. Aproximadamente hay 79 funcionarios recorriendo los principales cuadros de la ciudad, caminando las calles que les corresponden, esperando que alguien no cubra con la cuota para, inmediatamente, hacerle un folio.

Haciendo un análisis profundo, coinciden las zonas donde hay más parquímetros con las zonas donde los delitos son más recurrentes. La Zona Centro, las cercanías de Chapultepec, la Zona Minerva, Cruz del Sur, Santa Tere. Ahí, donde todos los días hay gente a quienes nos roban autopartes, celulares, computadoras o dinero en efectivo, ahí también hay muchos agentes municipales recorriendo las calles.

Pero después de investigar a fondo, nos ha sorprendido saber que quienes te ponen esa infracción NO SON SERVIDORES PÚBLICOS, no son empleados del Ayuntamiento, sino que son empleados de la empresa METROMETERS quien el 26 de abril de 2011 firmaron un convenio con el Gobierno del entonces Alcalde Aristóteles Sandoval (hoy Gobernador) para que ellos pudieran aplicar las multas y ganarse el 50% de cada multa que pongan. Es decir, hay una empresa privada cobrándote lo que por ley solo te debería cobrar una autoridad gubernamental… y lo peor, llevándose el 50% de eso.

Con este antecedente es entendible que las multas por parquímetros pasaron de 140 pesos en 2010 a 345 pesos en 2013. Los ciudadanos de calle estamos pagándole a una empresa… por infraccionarnos. Sin garantizar seguridad, sin que esto proporcione un bien a la ciudad. Sin ningún benefició, salvo el beneficio de unos cuantos.

Es por eso que nuestra propuesta es clara y de resultados inmediatos:

1.     Primero, que se declare nulo el contrato con la Empresa METROMETERS puesto que es, a todas luces, un convenio ilegal, que concede a una empresa privada una atribución que, por ley, es exclusiva del gobierno municipal. De esta forma, el gobierno municipal recobrará la responsabilidad de vigilar e infraccionar en los parquímetros y los agentes que verifiquen esta medida SÍ SERÁN SERVIDORES PÚBLICOS.
2.     Que dichos servidores públicos que se encarguen de verificar el pago de los parquímetros y de, en su caso, imponer multas, estén técnicamente capacitados para que se coordinen con la Secretaría de Seguridad Ciudadana y así, quienes estarán caminando todo el día nuestras calles, no solo se encarguen de multarnos, sino también de prevenir y sancionar delitos, de proteger a los ciudadanos.
3.     Que la tarifa de los parquímetros y multas se reduzcan en 50%. Dado que ya no habrá ninguna empresa privada que se esté llevando la mitad de lo que nos cobran, que dichas tarifas regresen a la normalidad y cuesten solo la mitad de lo que hoy cuestan.

Con esto estaremos logrando que el ciudadano sea menos lastimado en su bolsillo y que, a su vez, se aumenten los servidores públicos que estén atentos a las situaciones de riesgo y con la capacidad de proteger al ciudadano en casos de robo y delitos de este tipo.

Ya estamos cansados de discursos de justificación. En ALTAVOZ queremos soluciones, pero no solo las pedimos, sino que las ofrecemos. Esta medida puede tomarse inmediatamente y con esto lograremos evitar que unos cuantos sigan enriqueciéndose a costa nuestra y que los ciudadanos nos sintamos con menos miedo.


miércoles, 24 de julio de 2013

AYUDEMOS a los que PERDIERON TODO en Tonalá.





Estás en tu casa. Se escucha que viene una fuerte tormenta. El crujir de las nubes al chocar entre sí lo anuncia. Caen las primeras gotas y se confirma: está lloviendo.


Sientes miedo. Has estado viendo que cuando la precipitación es muy intensa, pueden empezar a salir goteras o hasta daños graves en las casas. Prefieres no pensar en eso y mejor juntas a tu familia para tratar de hacer el momento menos complicado.

La lluvia empieza a golpear más fuerte, las gotas parecen ser pedradas y cada vez más constantes. El techo comienza a parecer no tan fuerte y el miedo de que algo pase crece.

La televisión dice que cerca de donde tu vives, la corriente acaba de arrastrar a un hombre que estaba arriba de su carro y se confirma la primer víctima fatal de esta lluvia. Si pensabas salir a ver qué pasaba afuera, has abortado esa idea.

A partir de ahí, todo duele un poco más. La caída de agua parece tener coraje y quien empieza a sufrir las consecuencias es el hogar que con tanto trabajo has construido. Se cae la pared que colinda con la calle. Tu hija de 5 años comienza a llorar mientras te pregunta qué pasa. Tu solo le dices que no se preocupe, que todo estará bien. Lo dices sabiendo que es mentira, pero no encuentras algo mejor que contestarle. Lo siguiente en caer es la puerta del patio. El viento es como el que solo habías visto en las películas. De ese que grita al moverse y que conduce con él pedazos de tierra, ramas y lo que encuentra a su paso. También lleva agua. Mucha agua que comienza a filtrarse en tu casa y a hacer un pequeño charco. El viento sopla más fuerte y ahora se derrumba la pared del cuarto de tu hija. El agua ya te llega a las rodillas, pero a tu hija le toca la cintura. Es ahí cuando tomas la decisión de llevar a tu familia a casa del vecino. Cuando tu, tu esposa y tu hija salen para tratar de llegar al hogar de al lado, te das cuenta que el vecino está en la calle, que su casa también se está inundando. Dentro de la intensa y golpeadora lluvia, tu y el vecino deciden llevar a sus familias al templo, a una cuadra. Caminar en esta lluvia es ensordecedor, pero no sabes ni cómo, pero sacas fuerzas, cargas a tu hija, tomas de la mano a tu esposa y llegas a un lugar a salvo.

Al día siguiente, una vez que la lluvia pasó, te diriges a tu casa, pero en lugar de encontrarla, te enfrentas a un terreno de ruinas. Perdiste tu hogar, tus bienes, tus documentos, tus recuerdos y todo lo que considerabas tu patrimonio. No sabes qué hacer. No entiendes por qué te está pasando esto. No encuentras una forma de salir de esto. Tu solo no podrás con tanto…

Parece una historia de ficción, ¿no? Pues no lo es. Esto le sucedió antier a más de 100 familias de Tonalá, a unos minutos de donde vives. Están desesperados. Perdieron todo. Se calculan pérdidas de 20 millones de pesos. Ya hay muertos y muchos damnificados.

La única forma de que esto cambie, de que esto mejore, es la unión solidaria. Es cuando por un segundo sientes que se te arruga el corazón y en vez de cerrar las noticias o este escrito, te decides por dejar por unos minutos tu cómoda silla y hacer algo por ayudar.

Estamos hablando de personas, de familias, de niños. De seres humanos como tu y como yo. Personas que sienten hambre, que sienten tristeza, desesperación… y que cuando alguien que no conocen les tiende la mano, de alguna forma también sienten esperanza, recobran los motivos para vivir, para luchar. Todo eso puede hacer el pequeño acto de levantarnos de nuestra silla y ayudar.

Hoy no importan quién tuvo la culpa, quién desprotegió a estas familias, quién hizo mal su trabajo. Hoy es más importante que los que están sufriendo, vean una luz de salida.

Queremos invitarte, con la mano en el corazón, sin importar nada más que lo más fuerte que nos une, nuestra natural tendencia a darnos la mano, a que ayudes a esta gente.

Es muy fácil.

La dinámica es la siguiente:

La gente de allá necesita ropa, cobijas, agua embotellada, alimentos, pañales y medicamentos.

Sabemos que es complicado que puedas salirte de tu trabajo, ir a un supermercado y comprar productos de ayuda. Para eso, nosotros te ayudamos a ayudar.

Estamos elaborando un KIT DE SOLIDARIDAD de 200 pesos. Este incluye cobija, aguas, pañales y otros productos que nuestros hermanos tonaltecas están necesitando.

Así es que si quieres ayudar y no tienes tanto tiempo, con nosotros puedes hacerlo de manera simple, siguiendo estos pasos:

1.     Escríbenos en Facebook (Alejandro Hermosillo) o Twitter (@AlexHsillo o @AltavozJalisco ) manifestando que quieres apoyar a Tonalá.
2.     Define cuántos Kits de Solidaridad quieres comprar. Cada uno cuesta 200 pesos. Necesitamos 100 Kits en total.
3.     Nosotros nos pondremos en contacto contigo para ponernos de acuerdo y recoger el dinero, hacer las compras y llevarlos al Centro de Acopio.

** En Redes Sociales publicaremos una lista de las personas que ayudaron y con cuanto.
** Por cada apoyo registrado, habrá fotografías que demuestren con transparencia que todo lo recolectado sirvió para comprar Kits de Solidaridad.
** Los Kits de Solidaridad serán entregados en el Centro de Acopio de RMX (Luis Pérez Verdia #135)

miércoles, 5 de junio de 2013

La mejor forma de poblar la soledad.


Dos aplausos al aire, un golpe a la mesa. Dos aplausos al aire, un golpe a la mesa. Repetición constante de este acto y se confirma: se está haciendo música.

Hay un bebé en el cuarto. Tiene apenas 6 meses, pero su reacción refleja una madurez que muchos ya quisiéramos. Cuando escucha la segunda ronda de aplausos y golpes a la mesa, deja todo lo que estaba haciendo (digo, no estaba haciendo mucho, solo dejó el llavero de plástico con el que estaba jugando) y abre los ojos un poco más, en señal de que desde ese momento toda la atención estaría en el lugar origen donde se producen aquellos sonidos. -Dos aplausos al aire, un golpe a la mesa- sigue sucediendo y el bebé no tarda en empezar a mover su cuerpo al ritmo de las percusiones. Sonríe mientras se mueve y aunque la combinación de golpes agudos y graves no tiene una nota musical avanzada, sabemos que al bebé le gusta. Nadie le ha dicho al pequeño que cuando escuche ese tipo de sonidos deba moverse. Lo interesante es que como una reacción natural, como llorar, como abrir y cerrar sus puños cientos de veces al día, como exigir alimento y buscar los ojos de su madre desde donde se encuentre, el reciente ciudadano baila cuando escucha música.

La música siempre ha sido un pilar en mi vida. No al nivel de lo eterno (eso está monopolizado por mi amigo Dios), pero sí de lo trascendente. Sin embargo, el concepto de música que tengo es algo distinto al común. Yo creo que música es cualquier cosa que te mueva (interior o exteriormente). Luego entonces, un poema, un discurso, un libro o hasta una mirada pueden ser música. También los dos aplausos y el golpe a la mesa lo es. Con este contexto, comprenderán entonces lo importante que es cada persona que hace música en mi vida (tanto los que me rodean, como los que jamás conoceré en persona).


Cuando pienso en el arte de lo musica, siempre me viene a la mente lo difícil que debe ser hacer una canción. Hay que combinar armoniosamente el sonido que produce la tensión de algunas cuerdas, el eco que deja el paso vibrante del viento por un cilindro con entrada y salida y el estruendo de cada golpe material sobre algún instrumento. Y todo esto, enmarcado por alguna letra bien enritmada. Pareciera un proceso complicado de creación. Si quisiéramos estudiar científicamente la forma de hacer una canción, probablemente nos daríamos cuenta que puede llegar a ser un sistema tan perfectamente organizado como el complejo mecánico que hace funcionar a un avión o los algoritmos necesarios para programar a un robot. En pocas y vulgares palabras, hacer una canción está muy cabrón. Y lo digo porque lo he intentado. Una vez, un amigo y yo (él con su guitarra, yo con mi lápiz), tratamos de construir una pieza musical. El resultado fue algo verdaderamente asqueroso. No volvimos a tratar y el tema no se volvió a tocar.

Es por eso que creo que la creación musical es un don que Dios le dio a ciertas personas. Pienso incluso, que esas personas fueron enviadas por Él para cumplir una misión importante. Voy a hablar, para ejemplificar mi teoría, de uno de estos “elegidos”. Aclaro que no es mi músico favorito y lo he escuchado poco, pero me parece un buen testimonio de lo que un músico es. Me voy a referir a Facundo Cabral, quien tuvo su último concierto en la Ciudad de Guatemala el martes 5 de julio de 2011 en el Expocenter del Grand Tikal Futura Hotel, a las veinte horas, donde concluyó su presentación con una frase que me confirma que él tenía cierto vínculo especial con El Patrón: “Ya le di las gracias a ustedes por esta vida; ahora que sea lo que Dios quiera, porque Él siempre sabe lo que hace”. Dijo esta frase, interpretó  su última canción (“No soy de aquí, ni soy de allá”) y el telón se cerró. Es fácil de deducir que él ya sabía que unas horas después, a las 5:20 am, camino al Aeropuerto de la Ciudad de Guatemala, tres vehículos le cerrarían el paso al suyo para posteriormente cerrarle el paso también a su circulación sanguínea. Varios disparos, un herido y Facundo Cabral muerto. El objetivo central del ataque era el “empresario” (si es que se le puede llamar así a los que obtienen dinero del sufrimiento) Henry Fariñas, quien tenía nexos con “La Familia Michoacana” y una pandilla llamada “Los Charros” que tenía negocios por más de mil millones de dólares. Aclaro esto, porque cuando escuché la noticia del asesinato, me parecía increíble que alguien quisiera muerto al místico, pacífico y luchador social, Facundo Cabral. Entender que el ataque iba dirigido a alguien más, me hizo comprender que no fue coincidencia, sino que era tiempo de que ahora Facundo regresara a la casa del Padre a llenar de música y poesía aquel lugar.

Lo primero que escuché de él, hace tiempo ya, fue: “Me gusta la gente simple”. Cuando leí el título no me pareció una canción atractiva, pero cuando dice: “Me gusta la gente simple, aunque yo soy complicado” me di cuenta que ya no había vuelta atrás, me había ganado. “La que al vino le llama vino, la que al pan le llama pan y enemigo al enemigo” siguió musicándome y conforme avanzaba la canción, me sorprendía de cómo alguien podía resumir en 3 minutos lo que me ha llevado una vida inferir. Supe entonces, que este vato (como muchos otros) había sido inflitrado en este mundo para quitarnos las vendas de los ojos, los tapones de los oídos y las razones de los sentimientos… En resumen, para hacernos una vida más fácil.

Este escrito es solo un confuso intento por agradecerle a la música el acompañamiento que ha ofrecido a nuestras vidas. Buenos, malos, hombres, mujeres, ricos, pobres, africanos, americanos, ingenieros, doctores, viejos de 75 años, niños de 6 meses… Podemos tener todas las diferencias posibles. No nos conocemos y tal vez nunca lo haremos, pero puedo asegurarte que tu, yo y todos los que han pisado este mundo, alguna vez han sentido ese movimiento instintivo e inexplicable al escuchar una canción. Eso, eso se llama música. Eso, eso es un regalo de Dios. Eso es lo que nos asegura que nunca hemos estado solos. Esa es la mejor forma que yo encontrado para poblar la soledad.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril.





Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de junto porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.

-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien. -¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa? -No realmente. -De tu tipo entonces. -No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho. -Raro. -Sí. Raro. -Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste? -Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?

-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría una línea como esa?

Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mi.

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.



Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia triste, ¿no crees?”



Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y dijeron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?

-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:

Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.

Una historia triste, ¿no crees?



Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.


Por Haruki Murakami.